Redacción · Agosto 2026 · Opinión

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¿A quién amenaza la nueva alianza militar islámica?

Una OTAN islámica, cuya creación se ha debatido durante mucho tiempo, comienza a tomar forma.
Piotr Akópovescribe: Piotr Akópov
Hernando Kleimanstraducción y adaptación: Hernando Kleimans

Como mínimo, el acuerdo trilateral (entre Türkiye, el nuevo nombre oficial de Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, HK) firmado en La Meca, la ciudad santa del Islam, está abierto a la adhesión de otros países y tiene el potencial de unir, si no a todo el mundo islámico, con sus dos mil millones de habitantes, al menos a una parte significativa del mismo.

Ya incluye 370 millones de personas: la población de los tres países que firmaron el “Acuerdo de Defensa Mutua de La Meca”, que estipula que un ataque contra cualquiera de ellos constituye un ataque contra los tres. El tamaño de la población no es la consideración principal aquí, ya que el pacto fue firmado por el país más desarrollado y militarmente poderoso (Türkiye), el más rico (Arabia Saudita) y el único país con armas nucleares (Pakistán) del mundo islámico.

La formación de este “Trío Grande” puede considerarse un acontecimiento de importancia histórica, no sólo para el mundo islámico, sino para la geopolítica global en su conjunto. El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y los líderes pakistaníes —el comandante en jefe Syed Asim Munir Ahmed Shah (el verdadero y poderoso intermediario entre Irán y Estados Unidos en la concertación de un armisticio) y el primer ministro Mian Muhammad Shehbaz Sharif — viajaron a ar-Riyāḍ (“los jardines”), capital de Arabia Saudí, para firmar el acuerdo. Su anfitrión, el príncipe heredero Mohammad bin Salmán bin Abdulaziz Al Saud, gobernante de facto del reino, llevaba tiempo trabajando en este pacto; de hecho, ya había concluido un acuerdo similar con Pakistán el año pasado. La transformación de los dos en tres aliados era previsible, pero la agresión estadounidense-israelí contra Irán aceleró el proceso. ¿De quiénes planean defenderse estos nuevos aliados?

Al fin y al cabo, todos ellos son, en mayor o menor medida, socios de Washington: Türkiye es miembro de la OTAN, Arabia Saudí mantiene estrechos lazos políticos, económicos y militares con Estados Unidos, y Pakistán ha sido durante mucho tiempo un socio muy cercano a este país. Durante la Guerra Fría, dos de los tres países fueron incluso miembros de lo que entonces se conocía como la “OTAN islámica”: el bloque militar CENTO, creado por los británicos (con apoyo estadounidense) en 1955. Türkiye y Pakistán eran miembros junto con Irak e Irán, formando así un “arco verde” a lo largo de las fronteras meridionales de la URSS.

La orientación antisoviética de la alianza se expresó abiertamente, pero el intento anglosajón de construir una barrera islámica contra la expansión comunista resultó infructuoso. No porque la URSS no tuviera intención de llegar al Océano Índico, sino porque estos países no estaban dispuestos a ser peones en los juegos de otros. Irak se retiró del pacto ya en 1959, Irán no estaba particularmente entusiasmado con la integración militar con sus vecinos y, tras la revolución de 1979, abandonó la organización por completo, lo que condujo a su disolución. Sin embargo, CENTO sí desempeñó un papel: Los fuertes lazos entre Türkiye y Pakistán tienen su origen precisamente en las estructuras creadas por los británicos. Pero ahora la “amenaza atea roja para los fieles” (bajo la cual los anglosajones intentaron organizar a los musulmanes de la región) ya no existe, y la propia región del Gran Oriente Medio ha experimentado profundas transformaciones.

Entonces, ¿por qué se necesita ahora una OTAN islámica?

Desde principios de siglo, se ha hablado de crear una organización de este tipo, incluso con la participación de Israel. Lo absurdo de los intentos de unir al Estado judío y a los países árabes, la mayoría de los cuales no lo reconoce dentro de fronteras que incluyen territorios palestinos ocupados, no debería engañarnos: la idea principal unificadora de dicha alianza era, supuestamente, antiiraní. De hecho, la necesidad de contener al “régimen terrorista agresivo de los ayatolás” podría, según varios analistas estadounidenses e israelíes, haber unido a los países suníes e incluso haberlos convencido de aceptar a Israel en sus filas.

A pesar del deseo de aislar y aplastar a Irán, Estados Unidos e Israel finalmente decidieron resolver la”cuestión iraní” por su cuenta. El resultado es claro: Teherán ha resistido los ataques de los agresores y está imponiendo nuevas reglas en el estrecho de Ormuz.

Las monarquías del Golfo están consternadas por la evidente defección de las “garantías de seguridad” estadounidenses: estas han tenido el efecto contrario, creando enormes problemas y amenazando su propia existencia. Estados Unidos ignoró a los árabes cuando exigieron el fin del genocidio perpetrado por Israel en Gaza y los expusieron ataques iraníes al desatar una guerra contra Irán que sólo Israel deseaba.

La desilusión con Estados Unidos, que ya se había intensificado entre los saudíes durante la administración Obama y que Trump intentó remediar en su primer mandato, ha cobrado nuevo impulso, tan fuerte que resulta difícil imaginar cómo contrarrestarla. Los saudíes no desean luchar contra Irán, y ninguna provocación los obligará a depender nuevamente de un cambio de poder en Teherán, como prometieron Trump y Netanyahu. Además, una retirada estadounidense (en un principio parcial) de la región se hacía cada vez más probable incluso antes de la aventura iraní, y ahora será vista por todos los actores como inevitable.

Por eso er-Riad firmó un acuerdo el año pasado con Pakistán, país que en su día construyó una bomba nuclear con dinero saudí. Sí, Pakistán no luchará contra Irán, pero ¿quién asegura que Irán ni siquiera planea atacar a Arabia Saudita? Israel y Estados Unidos son los únicos que hablan de esto, pero su objetivo es claro: infundir miedo a los suníes con la amenaza chií, mientras tanto expanden el territorio y la influencia de Israel. ¿A quién más amenaza a Irán? ¿A Türkiye? Por supuesto que no. La relación centenaria entre ambos países ha sido testigo de todo tipo de situaciones, pero ahora (y a largo plazo), no tienen nada que los divididos.

Entonces, ¿el nuevo pacto no está dirigido contra Irán? Sí, simplemente está construyendo una nueva arquitectura de seguridad en la región en preparación para la retirada estadounidense. Las tres potencias suníes no se están uniendo contra el Irán chií: quieren estabilizar la situación desestabilizada por los estadounidenses e israelíes.

Estos últimos serán los principales perjudicados por la creación de una OTAN islámica. No está dirigida contra Israel, sino que busca protegerlos de la agresión israelí, el único país, también potencia nuclear, que amenaza (tanto real como potencial) a todos en la región. Si bien representa una amenaza no en sí mismo, sino como un símbolo de Estados Unidos, todo apunta a una situación en la que la simbiosis entre ambos estados está condenada a la desintegración gradual.

Por lo tanto, no será Israel quien dicte las reglas del juego a los demás en la región; más bien, serán esos mismos quienes impongan las condiciones de la existencia de Israel. La existencia de una alianza militar musulmana nuclear desempeñará un papel crucial en este contexto.

* Piotr Akópov es observador para la agencia RIA Nóvosti

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